Abstract
“Te va a sustituir antes alguien que sepa usar la IA, que la propia IA… y ya luego, veremos.”
Anna. Experta en recursos humanos.
“Para usar la IA tienes que volver a aprender a pensar, no es darle a un botón, es saber qué quieres y cómo contarlo.”
Pedro. CTO gran compañía.
“En 2022 OpenAI lanza ChatGPT, permitiendo el acceso a la capacidad generativa más eficiente y creativa, y transformando la relación humano-máquina con un interfaz conversacional. ChatGPT es la herramienta más descargada y usada de la historia.”
ChatGPT 5. IA generativa de OpenIA.
“Todo lo que pueda hacer la IA, lo va a hacer.”
Luisa. Desarrolladora e ingeniera del conocimiento (IA engenieer).
Mientras las consultoras lanzan informes sobre “el futuro del trabajo”, y los gurús del tecnosolucionismo predican la fusión con las máquinas, el momento nos depara una realidad de esas que nos dejan con cara de sorpresa, desconcertadas: la Inteligencia Artificial Generativa no nos cosifica, nos humaniza.
Quién iba a decirnos que el interfaz digital más revolucionario que iban a diseñar en estos años iba a ser… la palabra, esa herramienta milenaria que usamos para conversar en el pasillo o seducir en las redes sociales. La paradoja es imprevista porque mientras la máquina automatiza la eficiencia nos exige ser creativos, empáticos, sensibles al contexto y, por favor, adquirir buen gusto para evitar que le pidamos un logo "moderno, pero clásico”.
La máquina generativa permite recuperar una versión premium de nosotras mismas. Cultivando datos en lugar de recogerlos, transformando transacciones en relaciones memorables y aprendiendo a usar la máquina desde la necesidad del resultado, no desde el manual de instrucciones.
El famoso prompting, que es contarle que haga lo que necesitas, se convierte en arte, la conversación en interfaz y nosotras en directoras de orquesta para una sinfonía donde la máquina toca y compone, pero no tararea ni imagina el efecto de la melodía en el público. Lo nuevo se ha automatizado, pero lo original sigue siendo nuestro.
Y en ese "nuestro" radica el gran cambio donde la dopamina de la productividad se puede transformar en la oxitocina de crear algo que sirva, que tenga sentido, que importe. La máquina no tiene porque venir a sustituirnos y ya, puede venir a recordarnos, qué narices significa ser humanas cuando en muchas ocasiones hemos elegido no serlo.
Planteemos entonces un escenario en el que la fuerza laboral exige este nuevo modelo de relación humanizador, y que no nos impongan lo contrario, porque ya adelanto, siempre va a ganar la máquina.
Y si lo automático nos permite ser de nuevo humanos
Hay momentos en la historia donde lo obvio se vuelve una revelación. Como cuando te das cuenta de que llevas media vida buscando las llaves que tienes en la mano. Mucho tiene que ver con el nivel de agotamiento mental que arrastramos. Creo que vivimos uno de esos momentos.
Justo cuando la tecnología amenazaba con convertir al profesional en una simple persona que sirve de extensión de la hoja de cálculo de turno, aparece la Inteligencia Artificial Generativa, el ChatGPT y nos dice "oye, ¿puedes ser más humano, por favor?".
La paradoja no podría ser más brutal ni más hermosa, y si no lo entendemos, muy peligrosa.
Durante muchas décadas hemos vivido la gran cosificación laboral. Existen KPIs (indicadores para medir resultados de rentabilidad) que reducen personas a métricas, procesos creativos en plantillas replicables, y la obsesión por la eficiencia (y el management) en un ejercicio de programación que nos obliga a comportarnos como algoritmos previsibles.
El trabajo, que es esa tarea que haces para sobrevivir económica o socialmente, de repente anticipa su desaparición como lo entendemos en la actualidad… La máquina llega con su promesa de automatizar todo lo automatizable, y todas caemos en el miedo de que esto acabará en sustitución. Vamos a perder, tarde o temprano, nuestra profesión. No habrá trabajo como lo entendemos.
Un escenario extraño porque de esa oportunidad dolorosa surge una oportunidad muy útil al descubrir que cuando perdemos el empleo, ¡lo que queda en pie es precisamente lo que siempre debería haber importado! Ese contexto en el que convivimos junto con nuestras circunstancias, la sensibilidad y el interés humano por la verdad, la imaginación de esa que rompe moldes o esa “sensación” o “ingenio” indefinible que hace que algo finalmente, y desde nuestro punto de vista humano, funcione o no.
Pensemos en una IA generativa como ChatGPT, Midjourney o esos motores que nacen cada día con múltiples propósitos: desde cómo aprobar las oposiciones a generar una imagen para explicar una idea. Pensemos en que te escucha y computa: "Vale, soy una IA y puedo hacer la presentación, escribir el email y hasta componer la música de espera del call center. Pero necesito propósito, una dirección, qué objetivos quieren conseguir con todo esto o lo que voy a generar es basura". Y ahí, en esa necesidad lógica, nos damos cuenta de que llevamos años sin saber muy bien para qué trabajamos… más allá de pagar la hipoteca y alimentar el monstruo de la productividad infinita. ¿Por qué hacemos lo que hacemos en la oficina?
De hecho es tal el sinsentido que se expone que si finalmente se diera el caso y fuéramos sustituidos… y aún tuviéramos una buena vida sin preocupaciones… ¿Podríamos vivir sin trabajar? o ¿se nos vendría el mundo encima?
El caso es que nos toca colaborar con la IA generativa, porque necesita nuestros prompts, y curiosamente esa puede ser una buena solución para un futuro mundo donde seguro hay que redefinir lo que es trabajar.
¿Y si la máquina se vuelve mejor colaborando con los humanos?
La máquina necesita propósito, porque la hemos diseñado, enseñado y corregido nosotras, y tenemos que dejárselo claro para aplicar bien nuestra responsabilidad y que no trabaje sinsentido. Y aquí viene lo bueno, porque resulta que proporcionar propósito a la máquina nos obliga a encontrar el nuestro. Ni más, ni menos.
Es imposible enseñar sin saber qué quieres que aprendan. Y es improbable crear valor añadido real si no entiendes qué significa “valor”… más allá de los números que bailan ante tus ojos reflejados en una pantalla y que es un interfaz de lo menos humano que podríamos haber imaginado como modelo de relación con la máquina.
Con la llegada de relaciones en lenguaje natural artificial nos damos cuenta de que lo que estamos viviendo no es solo una revolución tecnológica, sino una evolución hacia una necesaria nueva conciencia laboral. Una revolución cultural en toda regla.
El interfaz conversacional ha roto la barrera entre "aprender a usar la máquina" a "enseñar a la máquina a entendernos". Ya no necesitamos convertirnos en traductores de códigos y programas; ahora la IA funciona escuchando. Pero ojo, los idiomas incluyen matices, contextos, ironías, ambigüedades, incluida esa sabiduría práctica que los griegos llamaban Metis y que ningún algoritmo puede replicar porque surge del encuentro impredecible entre experiencia e intuición. Es nuestra fortaleza. Aprovechemos.
En este nuevo paisaje profesional el ser humano ya no tiene porque ser una desventaja que compensar con eficiencia robótica. Ahora de repente… Es la ventaja competitiva definitiva. Pero no cualquier versión de lo humano, sino aquella que sabe formular preguntas inteligentes, que cultiva relaciones por empatía, que apuesta por la autenticidad, que sabe leer entre líneas y que entiende que la verdadera innovación no está en crear lo nuevo, sino en hacer lo original. Ahora cuando preguntas a la IA siempre te da la misma respuesta pero de manera distinta, nueva… eso no vale, pero sí ayuda a entender que nos necesita porque no hace un ejercicio crítico, si no eficiente, puramente estadístico.
Nos encontramos ante una disyuntiva fascinante. Por un lado, podemos dejar que la IA nos cosifique desde la comodidad de la automatización, que sea esa prótesis que esperábamos para acelerar lo que ya hacemos y si me apuras poder reducir la jornada laboral…
O podemos usar su aparición como una fuerza para evolucionar hacia una humanidad laboral más consciente, más creativa y, paradójicamente, más humanamente eficiente. Porque resulta que cuando las personas trabajan desde su propósito, desde su curiosidad y desde su capacidad relacional y crítica, no solo son más felices por lo que hacen… o se sienten equilibrados… es que quieren ser mejores en lo que realizan. Es rentable para la empresa o institución, sin lugar a duda.
En definitiva, la cuestión no es ya si la máquina va a sustituirnos o cómo vamos a convivir. La pregunta es si vamos a aprovechar su llegada para rescatar lo mejor de nosotras mismas o si vamos a seguir fingiendo que somos robots mal diseñadas. ¿Vamos a elegir competir contra máquinas que seguro nos van a ganar?
Del miedo a la automatización, al renacimiento del trabajo con sentido
"No corras, da igual Sarah Connor, va a pasar”. Esta frase podría haberse dicho en Terminator la película que anticipaba un apocalipsis robótico, de hecho podría ser el mantra de nuestra época, y condensa toda la neurosis colectivas que hemos desarrollado alrededor de la automatización, los desánimos y la distopía asociada a la Inteligencia Artificial que nos sustituye o elimina. La distopía es fácil de imaginar, lo difícil es la solución frente al desánimo, y en este artículo lo intentamos.
Durante décadas, el relato dominante ha sido el de la sustitución. Qué si las máquinas vienen a robarnos el trabajo, a convertirnos en seres obsoletos, a dejarnos sin propósito en un mundo donde la máquina gana porque puede optimizar algorítmica y exponencialmente, que es algo mejor que un propósito por el bien común. Sólo hay que ver este ímpetu distópico cultural y popular en forma de películas, cómics, ficciones o relatos políticos. Escenarios de futuro donde el tecnosolucionismo se desboca o transforma la vida en todo, menos una buena vida.
Sin embargo, la realidad puede ser mucho más sutil y, curiosamente, más positiva y utópica. Lo que ha ocurrido en estos últimos cincuenta años no es que las máquinas nos hayan sustituido, sino que nosotros nos hemos comportado como máquinas. Igual por el miedo a esos relatos y otras estrategias político-económicas interesadas en mantener mercados a costa de lo que fuera… pero es lo que ha pasado. Nos hemos creído y aplicado todo un imaginario catastrofista aplicable al futuro del trabajo.
En el neto neto, hemos aceptado trabajos diseñados (sin quererlo, ni saberlo) para robots. Porque son repetitivos, predecibles, sin espacio para la creatividad o la improvisación y potencialmente eficientables. En muchas ocasiones vivimos experiencias laborales que van de fichar y salir en hora sin tomar consciencia del impacto de negocio o social durante nuestra jornada. Nos hemos cosificado a nosotras mismas mucho antes de que apareciera la primera I.A. capaz de hacerlo. Este es un hecho que se vive desde la enseñanza pública que se estructura como si de un trabajo de oficina se tratara… horarios, asignaturas, calificaciones, decoración aulas, el profe como jefe…
Mucho de ese miedo a la sustitución, en el fondo fondo, es el miedo a descubrir que llevamos años haciendo trabajos que cualquier máquina mínimamente inteligente podría realizar mejor.
Y no era un miedo irracional, era un diagnóstico muy certero porque lo que hemos permitido es que el trabajo se convierta en un proceso de optimización rentable. A menudo conectado con el aumento de despidos o la desaparición de profesiones. Por eso aplicamos la eficiencia por la eficiencia y no nos preguntamos "¿para qué trabajo?”.
Evidentemente la respuesta es obvia, para sostener económicamente mi vida… aunque ahora ofrece una respuesta que ni nos imaginábamos — trabajo porque necesito propósito, no quiero desaparecer, ni auto_destruirme, así que tengo que mejorar y mejorar y que mis capacidades renten para ser util y que no me despidan. Y claro, el miedo crece y las máquinas ganan terreno porque nada temen.
La llegada de la IA generativa marca el fin de esa época, pero no como esperábamos. En lugar de convertirnos en seres atrapados en el día de la marmota laboral y que hacen cursos especializados para adaptarse con parches y atajos… La IA generativa como herramienta nos está obligando a ser relevantes de verdad. La máquina puede hacer el "qué", pero necesita desesperadamente que nosotros le proporcionemos el "por qué" y el "para qué". ¡Y resulta que esas preguntas, que habíamos aprendido a ignorar en nuestra vida laboral diaria de estas últimas décadas, son precisamente las que nos hacen más humanos!
Evidentemente no va a ser fácil recuperar esta habilidad de cuestionar y más cuando las nuevas generaciones de trabajadoras se ven absortas en un mundo hiper_saturado y maniatadas a una necesidad pública que impide aprovechar ni unos segundos de atención o pensamiento crítico. Generaciones que lo van a pasar mal si las habilidades humanas y relacionales se vuelven en el nuevo interfaz de trabajo y no pueden cultivarlas.
El interfaz conversacional ha cambiado las reglas del juego completamente. Recordemos que para crear algo usamos un comando, un prompt, unas instrucciones que son las palabras claves que, como un hechizo, expresan la idea a crear, a generar. Y le damos al botón. Sale una imagen, el cuerpo de un mail o una línea de código de programación.
En el prompt está el truco de que el resultado sea util, es la interacción. Aprender a formular un buen prompt requiere claridad de intención, capacidad de contextualización y una comprensión profunda de lo que realmente quieres conseguir, el “para que” que contemplábamos antes. Es dar propósito a la búsqueda para que la IA ayude y alucine, pero menos.
El famoso “prompting“ se ha convertido en la disciplina creativa que por sí misma puede construir webs, agentes y resolver cargas de trabajo digital, y todo con la necesidad de aplicar habilidades y una mirada humana total. La IA puede ser un copiloto (como Microsoft ha descrito) que exige sensibilidad humana para ser diferencial.
El reto es re-humanizar cómo trabajamos
La IA generativa ha desencadenado un escenario alternativo que no vio venir ni el más optimista de los futurólogos: una re-humanización del trabajo. Ni más, ni menos.
De repente, las habilidades que el mercado laboral había relegado a "soft skills" o habilidades “blandas” – empatía, pensamiento crítico, capacidad de síntesis, sensibilidad estética, inteligencia emocional y otros etcéteras, incluido el buen gusto – se han convertido en ventajas competitivas fundamentales, en superpoderes al alcance de todas. De todas aquellas personas que puedan romper con las cadenas de la cosificiación antes descrita.
La máquina puede generar mil variaciones de un diseño, pero no puede decidir cuál es la que conecta emocionalmente con un público específico, no puede sentir desde nuestra intuición relacional, no sabe de facto si finalmente está siendo útil y eficiente más allá de un resultado medible.
La máquina podrá generar una estadística de éxito (quiere computar y eficientar, complacer) pero la decisión final será relegada a una validación humana, aunque sea por temas de seguridad o por darle un factor humano diferenciador.
Ese factor humano que evita riesgos porque la IA puede generar textos técnica y formalmente correctos, simular conversaciones, emular para que una voz artificial de marca parezca auténtica. Y nos engañará… pero al final se descubrirá y la confianza desaparecerá. El valor de lo creado será ínfimo, y el recorrido de lo que se genere será muy corto. Todo un riesgo a valorar porque si no hay un intermediario humano y falla, la IA no lo hace bien, no podrá contemplarse como un error humano y claro, será un error institucional o peor, una equivocación de marca.
En definitiva la humanidad que hace de lo original algo memorable no lo va hacer la máquina, lo vamos a tener que poner nosotras, y este es sólo un ejemplo.
Tomemos otro ejemplo con el famoso call center indio que despidió al 95% de su plantilla para sustituirla por chatbots de ÍA generativa primitiva (porque desde entonces la tecnología ha evolucionado que es una barbaridad, y más que lo va a hacer). Creó agentes simuladores de esos de los que tanto se habla. Muchos analistas quisieron predecir que en 5 años el dueño del centro demostraría la eficacia de su decisión... o, todo lo contrario, que se dará cuenta el chaval de Bharat que tener al otro lado del teléfono una persona que tiene capacidad humana de conectar es un regalo, que se cobra más y siempre mejor que un servicio mecanizado. De hecho, su negocio se ha optimizado al máximo y ahora sólo da servicios básicos con una capacidad de crecer mínima. Eso y que muchas marcas no quieren una respuesta sin personalidad en la atención y relación con su cliente. Así que… la cosa de sustituir tal cual no sirve en servicios con un toque humano. Toque que tenemos que cultivar.
Estamos viviendo el surgimiento de un trabajo más exigente y menos evidente con lo que aportamos como humanos, trabajo basado en lo relacional, lo contextual y lo auténtico. Exige que resolvemos lo complejo, no lo complicado.
De hecho, los servicios que mantienen el toque humano a pesar de usar la IA generativa no solo sobreviven, sino que se revalorizan. Se vuelven un equipo que permite aprovechar habilidades humanas y mecánicas de manera equilibrada. El diseño con sensibilidad trasciende mucho más de lo que surge dando tan sólo al botón. La personalidad de la voz destaca frente el ruido atronador de millones de mensajes con los que nos bombardean. Las propias compañías que contratan servicios de consultoría, por ejemplo, ya incluyen cláusulas en los contratos para advertir a proveedores de que el uso masivo de la IA generativa puede conllevar reajustes presupuestarios severos. Dicho de otro modo… quieren a alguien al otro lado que cure la información y la haga válida con una mirada humana. Por eso, tener una plantilla humanamente mejorada puede ser un impulso enorme para la empresa, sin dejar de usar la inteligencia artificial y mejorar su rentabilidad.
No sólo va de perder trabajos, es redefinirlos o crearlos
A través de esta visión donde se revaloriza lo humano se están generando nuevas categorías laborales que no existían hace cinco años. Y más que nacerán porque la velocidad del cambio es exponencial.
En el propio mundo de la IA en apenas dos años han nacido empleos como las "prompt engineers" que combinan comprensión técnica con sensibilidad creativa. Los "AI ethics officers" que necesitan filosofía accionable, además de conocimientos prácticos sobre aprendizaje automático.
O los "human-AI collaboration specialists” que diseñan marcos para intermediar, flujos de trabajo, planes de acción y otras tareas de negocio muy modernas donde máquinas y personas se relacionan para enriquecerse mutuamente en lugar de competir.
Esta revolución no es sólo tecnológica, es cultural
La mejor manera de enfrentarnos a esta situación descrita es contextualizando. Asumiendo que el cambio más profundo es cultural. Que esto nos afecta o lo hará, en el día a día. Que nos exige compromiso y cierta lucha personal en lo cotidiano.
Estamos pasando de competir por trabajos finitos y mecánicos a tener que adquirir una mentalidad creativa, donde la máquina maneja la producción y nosotros nos enfocamos en la dirección. De empleadas todas devenimos artistas o ingenieras del conocimiento, en cierta medida.
Ya hay jóvenes generaciones que asumen la influencia social y la creación de contenidos como una manera de vivir y pagar facturas. La profesión (no el trabajo) se está convirtiendo en lo que siempre debería haber sido, una expresión de propósito, creatividad y conexión de lo más humana. No sólo una necesidad para poder cubrir necesidades básicas y obvias en una economía de mercado. Aunque la transición va para muy largo.
Es otro hecho que un alto porcentaje de trabajos actuales ni necesitan ni se espera que exijan humanidad a corto plazo porque la IA todavía no se ha hecho física en lo cotidiano (los robots). Vamos, que la IA generativa es un reto, pero ahora sólo afecta a ciertos sectores especialmente el de las clases creativas. Toca aprender.
Ser humana mola. Atributos vitales que la IA necesita
La paradoja que desarrollamos en el artículo es que la IA generativa, el ChatGPT y etcétera, lejos de deshumanizar el trabajo, está exponiendo todo lo que de deshumanizado tenía ya. Y al hacerlo, nos está dando la oportunidad de recuperar dimensiones profesionales que habíamos perdido como la artesanía, el cuidado por los detalles, la satisfacción de crear algo inédito, la alegría de resolver problemas complejos de manera elegante. Etcétera, etcétera, etcétera.
No es que la máquina nos vaya a salvar del trabajo alienado y deshumanizado. Es que su presencia nos obliga a admitir que buena parte de lo que llamábamos "trabajo" era ya alienación pura. Y una vez que lo admites, puedes empezar a cambiarlo para aprovechar lo mejor que tenemos como seres humanos. Ser personas medianamente inteligentes.
Si la IA generativa fuera una persona, sería ese amigo brillante pero literalmente incapaz de contarte nada sobre una habitación en la que acaba de entrar. Puede recitar todo Shakespeare de memoria, pero no sabe si es el momento adecuado para hacer una broma. Domina mil estilos artísticos, pero no entiende por qué la cultura japonesa de la reparación kintsugi es más poderosa que tener un jarrón nuevo perfecto.
La IA es un corta-pega sofisticado que accede a información y la da forma como conocimiento, pero necesita desesperadamente que alguien le explique qué valor y qué narices hacer y con todo ese conocimiento. Necesita seres humanos para significar su respuesta.
Ahí es donde entramos las personas, las trabajadoras… profesionales con un arsenal de capacidades que ningún algoritmo puede replicar porque surgen de la conexión impredecible entre experiencia, emoción y circunstancias. Y que exigen aplicar ciertos atributos necesarios:
Un atributo es trabajar contexto y juicio. Algo así como el arte de leer entre líneas.
La IA puede procesar millones de datos, pero nosotros podemos dar sentido y contexto, podemos dar orden para formar esa información que si la juntamos nos proporciona el conocimiento que construye sabiduría.
El contexto humano incluye lo que no se dice, lo que se sobreentiende, lo que está de moda, lo que está pasado de moda, lo que nunca pasará de moda, y esa intuición indescriptible sobre lo que "va a funcionar" en un momento específico con un público concreto. Aplicando mucha intuición, y experiencia mediante.
Por otro lado, el juicio humano no es solo análisis… es síntesis emocional e intuición nacida de una experiencia honesta. Es la capacidad de integrar datos racionales con señales emocionales, tendencias culturales con valores personales, eficiencia técnica con bien común. La máquina optimiza y nosotras decidimos hacia dónde optimizar.
El atributo del buen gusto y nuestro “aura”. La diferencia entre lo que es correcto y lo que puede ser memorable
Walter Benjamin lo explicó fenomenal y lo ejemplifico de manera burda asumiendo que hay una diferencia abismal entre ver la Mona Lisa en el Louvre y comprar un póster en la tienda de souvenirs. Esa diferencia es el aura, y ninguna IA puede generarla porque surge de la intención consciente de autores y público, de la historia personal o de una conexión emocional auténtica. Detrás hay un artista. Delante un espectador. El aura los une en lo original.
Por otro lado, el buen gusto no es snobismo permite discernir entre lo que funciona técnicamente y lo que funciona emocionalmente. No es dar lecciones para quedar por encima. Es saber cuándo romper las reglas que la propia máquina ha aprendido después de ver mil ejemplos de mal gusto. La IA puede generar infinitas variaciones de "buen diseño", pero no puede decidir cuál de esas variaciones va a generar esa misteriosa y extraña conexión que convierte, por ejemplo, un servicio obvio en una experiencia memorable.
En un mundo inundado de contenido sintético, virtual, falso… el buen gusto y el “aura” se convierten en el filtro definitivo. La capacidad de detectar lo auténtico entre lo prefabricado, lo original entre lo generativo, lo memorable entre lo meramente correcto. La buena vida frente a vivir bien.
Atributo relacional y ético. Lo imperfecto es un regalo.
Las relaciones humanas son naturalmente imperfectas, contradictorias e impredecibles. Como el interfaz conversacional. Y precisamente por eso ambos son naturales. La IA puede optimizar interacciones, pero no puede dar sentido a la complejidad de un cliente que dice una cosa, piensa otra y necesita una tercera. El trabajo como lo entendemos cambia radicalmente.
La ética humana no es un conjunto de reglas preestablecidas, ni reglamentos, ni regulaciones, ni libros de estilo de las empresas, ni… es la capacidad de enfrentar dilemas únicos con humanidad, con compasión, contexto y siendo conscientes de las consecuencias a corto, medio y largo plazo. Cuando la máquina nos ofrece la solución más eficiente, nosotros debemos preguntarnos si es la más justa, la más sostenible, la más humana. Seguramente siempre imperfecta.
El atributo de imaginar. La capacidad de relatar visiones nuevas
La IA generativa es, por definición un pastiche. Toma elementos existentes y los mezcla de maneras novedosas. Pero la verdadera innovación a menudo viene de imaginar propósitos completamente nuevos, viene de preguntarse "¿y si esto sirviera para algo completamente diferente?".
Los humanos podemos imaginar futuros que no existen en ningún motor artificial ni base de datos. Podemos concebir necesidades que la gente aún no sabe ni que imagina tiene. Podemos ver éxito donde la máquina solo ve datos históricos y potenciales comportamientos. Los ingenieros no inventaron el smartphone optimizando teléfonos existentes, se imaginó un propósito completamente nuevo para un dispositivo que llevarías en el bolsillo y que se ha convertido en el gran catalizador de esta nueva relación humano-máquina..
Intuir es mucho más. La inteligencia práctica que no se puede programar.
Aquí llegamos al territorio más misterioso y subjetivo. Esa sabiduría práctica que los griegos llamaban Metis y tenía a Ulises y el Caballo de Troya como su mejor ejemplo. Es la inteligencia que hizo posible que en una guerra épica en un mundo de héroes-soldado la cosa se dirimiera inteligentemente, y que para pasmo de muchos estos decidieran no ejercer más fuerza, sino aplicar una estrategia diferente. No más información de batalla, sino intuición ponderada, no el valor de morir con honor si no el valor de saber que lo del caballo podría haber sido no un hito, sino un ridículo histórico… pero que narices, había que intentarlo.
Esa intuición clásica, o Metis, combina experiencia acumulada con capacidad de adaptación en tiempo real. Es saber cuándo seguir las reglas y cuándo romperlas. Cuándo confiar más en los datos y cuándo confiar mejor en la intuición. Cuándo aplicar fuerza y cuándo aplicar prudencia. Una intuición, casi un buen gusto, que no se puede programar porque surge del encuentro único entre un estímulo, la experiencia irrepetible individual, y una respuesta siempre asociada a un contexto concreto.
En el contexto laboral actual, estas capacidades o atributos no son lujos, son necesidades. La máquina puede hacer el trabajo pesado, pero necesita dirección humana para que esa labor tenga sentido. Y esa dirección no puede venir de más análisis o más datos o estamos perdidas, tiene que venir de un humanidad más consciente y sensible.
La IA nos está devolviendo a lo que siempre fuimos buenas, no en procesar información, sino en crear significado. No en optimizar procesos, sino en imaginar propósitos. No en generar sólo contenido, sino en cultivar conexiones auténticas. Somos buenas siendo humanas.
Si gana lo humano… El trabajo pasa a ser un generador de relaciones
En esta era generativa descubrimos además que el trabajo ya no gira alrededor de productos, servicios, experiencias, actividades… ahora es, ante todo, relación. Con materiales, procesos, personas y propósitos. La industrialización y la digitalización cosificaron el trabajo al convertir empleos relacionales en tareas mecánicas.
La IA generativa, al asumir que replica, nos está forzando a redescubrir la dimensión de ciertas habilidades humanas como fuente de valor diferencial e inspiración inédita. Y no es nostalgia por lo artesanal, por ejemplo, es pura economía porque cuando la máquina hace lo mecánico, lo valioso resulta ser lo humano.
El caso del taxista ilustra el paso de ser un “GPS humano encerrado horas en una caja de metal” a guía urbano. A entender un nueva relación laboral. Comprende que la ventaja ya no es conocer rutas, sino aportar contexto, criterio y experiencia con recomendaciones auténticas, atendiendo al estado de ánimo del pasajero, adaptándonos al trayecto y ofreciendo, si es necesario, un relato de un destino vivo. La máquina optimiza el trayecto, mientras el humano enriquece el viaje, genera una relación que más allá del servicio puede ayudar a que el pasajero repita o nos recomiende.
En el call center, la automatización masiva abarata pero deteriora el cuidado. Lo premium, el nuevo lujo, es la conexión humana. Para servir a la grandes cuentas y clientes la atención telefónica la tiene que realizar un humano porque detecta personalidad, calibra urgencias, modula el tono y atiende al detalle, comprende historias singulares porque empatiza. La diferencia no es la velocidad de respuesta, sino la calidad relacional. Ganan las relaciones, más humanidad todavía.
La oportunidad relacional de hacer de lo humano un valor premium gracias a la IA
Básicamente las relaciones hacen que lo humano se vuelva premium. Diseñadores o escritoras que ya trabajan con la IA liberan tiempo de lo mecánico para conceptualizar, pensar estrategias, contrastar conocimiento o dialogar a fondo con el cliente. La IA generativa ha ayudado imponiendo el interfaz más humano de la historia… la conversación. Ya no hay marcha atrás porque esto no va de aprender a usar la IA, se trata más de enseñarla. De hablarla. De conversar.
La voz, la percepción y la conexión emocional durante la conversación siguen siendo irreductiblemente humanos. Así, ciertas profesiones “empobrecidas” recuperan dignidad al reactivar su dimensión creativa y relacional, su humanidad perdida. Ese cajero de banca que no sólo vende, también conoce y recomienda, el docente que no sólo cuenta la lección sino que ahora te conoce y acompaña, el diseñador que explora con IA pero decide con criterio y gusto personal.
El trabajo como acto relacional implica dejar de hablar de “recursos” para convertirse en agentes. Implica aportar valor humano inédito (desde el contexto, el cuidado, la estética, o la propia relación) y recibir no solo dinero, sino reconocimiento, propósito y sentido.
Los empleos que ya nacen al albor de la máquina, no compiten en eficiencia, sino que integran a la IA para potenciar capacidades humanas. Sectores como la consultoría, medicina, educación o diseño crecen ya bajo la necesidad de entender y aprovechar la relación “humano - máquina”. Incluso se ganan premios Nobel.
En conclusión. Es posible un trabajo más humano con una buena visión
Se necesita una dirección consciente en esta colaboración humano-IA para humanizar resultados. Se requiere asumir…
- Propósitos claros, con sentido.
- Una alfabetización en IA (sesgos, límites, impactos, oportunidades… pasar de la herramienta a la mentalidad de uso) dentro de marcos organizacionales para el uso responsable.
- Regulaciones que incentiven la innovación y eviten la explotación y su mal uso. Que entiendan además que el desarrollo cambia tan rápido que casi necesitamos una regulación en tiempo real.
- Asumir como personas, el derecho a ser más humanos en el trabajo. Con tiempo para experimentar, espacios de conversación profunda, aprendizaje continuo y protección ante la aceleración que impide pensar.
- Hay que exigir transparencia sobre los datos, participar en decisiones sobre la automatización de nuestras tareas, o tener la formación mínima para transitar sin miedo junto a esta tecnología conversacional.
- Recuperar la conversación crítica como herramienta de trabajo. Personalmente destacaría la necesaria aparición de “espacios de salud crítica” en las organizaciones. Instantes donde la conversación adquiera protagonismo. Momentos para reflexionar sobre impactos, alentar nuevas capacidades y evitar que nos quememos y caigamos en el vacío de perder 8 horas sin sentido.
- Desde ahí propongo también un movimiento ágil para aprovechar la transparencia, participación y una transición justa, admitiendo que algunos trabajos inhumanos desaparezcan y creando conciencia para reconvertir otros que necesitan ser predefinidos o redefinidos por completo como es el caso de los Call Centers.
Y tengamos cuidado…. Que dormirse en lo automático es fácil porque produce respuestas rápidas y eficientes, pero vacía el sentido de oficio. Porque da sensación de control, pero delega el criterio sobre nosotros. Porque acelera, pero no nos espera.
Toca decidir con conciencia. Diseñemos trabajos que cuiden, gobernemos la IA con propósito y límites claros, y convirtamos cada automatización en tiempo liberado para pensar mejor y relacionarnos mejor.
No corramos el riesgo de que la inercia nos siga cosificando y nos sintamos cómodas viviendo bien, pero sintiendo el desasosiego de que la nuestra no es una buena vida.
Este es el momento para muchas empresas de hacerse visibles apostando por una colaboración humano‑IA que se mida desde la capacidad aprendizaje, generación de confianza o niveles de calidad relacional, no solo eficiencia y optimización rentable.
En conclusión, la IA generativa nos puede ayudar a ser más humanos en el entorno laboral. Nos demuestra qué muchos trabajos son mecánicos e incluso indignos… De hecho, ofrece una suerte de “utopía organizacional” separando el trabajo de la supervivencia social… Redefiniendo el propósito como sinónimo de inversión en creatividad original y cuidado.
El reto es que todas disfrutemos de saber que esto es posible. Que hay que entender y alfabetizarnos lo mínimo para poder aplicar ese pensamiento crítico, y poder así colaborar creativa y éticamente con máquinas… sin vivir en los mundos de una fantasía animada de ayer y hoy.
Recordemos que cada decisión que lancemos a la IA —cada prompt que usemos— será un parón si nos da igual… pero seguro será un buen empujón a nuestra capacidad humana si creemos en un futuro donde el trabajo igual no es tan distópico. Y si me apuran se transforma y reinventa por nuestra salud y bien.